Para ser un relato sobre sexo, drogas, sexo y más sexo,
Paradoxia, Diario de una predadora editado por Melusina, es más que recomendable. Y lo digo con el convencimiento de que, artísticamente, el género erótico es uno de los menos desarrollados de la literatura (al contrario que en las artes visuales). Es cierto que se han escrito libros como Crash de Ballard (mi favorito), Trópico de cáncer de Miller, Historia del ojo de Bataille o esa lista inevitable de clásicos orientales como La alfombrilla de los goces y los rezos (Jou Pu Tuan), pero en comparación con el volumen de lo publicado, las obras maestras son una escasísima excepción.
En este sentido, la novela de Lydia Lunch destaca por sobre la media, principalmente por tres razones: está muy bien escrita, se enfrenta a sus demonios con valentía y te pone cachondo instantáneamente. Especie de memorias ficcionalizadas y fragmentarias sobre su arrasadora sexualidad, el relato no necesita apelar a su ecléctico currículo como artista ni es una roman a clef sobre la no wave y el arte underground. Polvo tras polvo, colocón tras colocón, reyerta tras reyerta, Lunch bombardea con su lenguaje explosivo el mundillo de outsiders y losers en los que su personaje acecha como un agujero negro, absorbiendo dinero, orgasmos, egos y más que nada venganza. Lo dice todo a la cara, sin pedir perdón, lamentarse ni reclamar nada; el suyo no quiere ser un estilo frío ni racional como el de Catherine Millet, sino parcial y caprichoso: escupe poesía con transparente cizaña.
Es cierto que el relato es anecdótica y dramáticamente monocorde, que gira y gira sobre lo mismo con mínimas y previsibles variantes, y abunda en los viejos tópicos de la poesía maldita. Lo sorprendente es que aún así no aburre. Es más, se lee con la misma urgencia que la libido de su protagonista. Lunch es sin duda una maestra con el lenguaje y sabe cómo hechizar. Su expresionismo punk es un arma poderosa, pero además tiene mucho que contar.
La presente traducción, dentro de sus buenas maneras, logra reflejar la energía verbal de la autora (prefiero eso mil veces a los intentos de captar la crudeza original, con resultados ilegibles, como por ejemplo las traducciones al español de Celine). Aún así, el resultado dista de la sucia majestuosidad del original. Cualquiera que la haya leído en inglés o escuchado recitar sabe de lo que hablo.
Miguel Rivero
www.miguelrivero.com