El cantautor norteamericano Greg Weeks seguramente entrará en la historia por liderar el grupo Espers, uno de los referentes de ese folk moderno que, lejos de las previsiones, está marcando la producción independiente de las últimas décadas. Pero Greg Weeks también ha entregado multitud de discos en solitario y ha ido repartiendo sus canciones aquí y allá, cambiando de sello con total libertad. Toda esa trayectoria cobra plenamente sentido con la edición de su último disco, “The hive”, con el que parece haber encontrado un interesante equilibrio creativo que le ha ayudado a concretar su discurso. Aunque pasa por diferentes momentos, tonos y estados de ánimo, “The hive” es, ante todo, un disco coherente, sólido y con un sentido unitario.
La impotencia de poder transcribir en palabras la naturaleza de un sonido acaba derivando en la costumbre, a veces divertida y útil y otras vacía e innecesaria, de remitir a las influencias. Juguemos, pues, a listar algunas de las que, de forma más o menos evidente, se adivinan en el nuevo disco de Greg Weeks. “The hive” suena a Pink Floyd, Robert Wyatt, Caravan, Incredible String Band, Spirit, Edwyn Collins, Olivia Tremor Control y un largo etcétera. Eso, traducido en estilos, significa que se mueve entre el folk, el sonido Canterbury y la psicodelia, aunque incluso es capaz de sacar buenas enseñanzas del siempre temible AOR. Quizá no sea la mejor manera de definir su música, pero estoy seguro que la lista ayuda a enmarcar rápidamente un disco que, pese a todo, sigue sonando personal y con carácter.
Y por encima de los músicos que le acompañan, por encima incluso de las propias composiciones, “The hive” se comunica y se construye a través de un sonido, de una producción que transmite un estado de ánimo muy determinado. En definitiva, uno de esos discos en los que se puede habitar, un lugar común al que apetece regresar una y otra vez, quizá porque contiene suficientes detalles y contrastes para avivar siempre el deseo de una nueva escucha. Además es un disco misterioso y enigmático, lleno de rincones, recovecos y aristas que lo convierten, en cierta manera, en infinito.
Después de reflexiones tan trascendentales quizá sorprenda que el disco incluya una versión de Madonna, una prueba más de sus exquisita rareza. La canción en concreto es “Borderline” y tiene una bonita historia detrás. “The hive” se ha mezclado en la misma mesa que se utilizó para ese, ya lejano, tema de Madonna y Weeks no pudo resistir la tentación de celebrar la anécdota. Pero en sus manos “Bordeline” adquiere un sentido totalmente diferente y, de hecho, acaba resultando irreconocible.
De todas maneras mucho me temo que “The hive”, cómo gran parte de la obra de Greg Weeks, acabará siendo incomprendido. Demasiado raro para gustar a la audiencia más convencional y demasiado preocupado por la estética para los amantes del folk más bizarro, tiene el peligro de acabar en tierra de nadie. Algo que, por desgracia, muchas veces se considera un defecto.
Josep Martín
Cortesía de GO MAGAZINE