Adicto a la controversia y la polémica, Kanye West ha doblado esta vez su apuesta: ni más ni menos que metamorfoseando el via crucis personal y emocional que ha vivido y sufrido este año, con la muerte accidental de su madre en un quirófano y la ruptura sentimental con su novia, en el giro estilístico, expresivo y estético más inesperado del año. Al margen de la crisis financiera, Barack Obama y las maniobras de intercambio de jugadores de los New York Knicks, ahora mismo en Estados Unidos no se habla de otra cosa, y el debate que ha generado el retorno del rapper y productor es de los que crean época. ¿Existe mejor campaña de marketing para el lanzamiento de un disco que el hecho de que todo Dios está hablando de él día y noche y se creen, casi de forma espontánea, bandos de opinión entregados a favor y en contra?
Tocado y abatido, West entendió hace unos meses que necesitaba exorcizar el dolor, la rabia y el desasosiego de su mala racha personal, y que el hip hop no era la manera de llevarlo a cabo. Hace tiempo ya, incluso antes de que saliera a la venta “Graduation”, ese clásico maltratado por algunos de sus haters, que el productor mostraba otras inquietudes musicales y expresaba públicamente su preferencia por el pop o la música electrónica. Atípico desde todos los puntos de vista en el universo del hip hop, ya sea por su forma de vestir, por sus gustos, por su bagaje cultural, por su relación con los fans o incluso por su personalidad (lo que ha despertado dudas incesantes sobre su condición sexual), el artista ha querido desmarcarse de manera radical del género, sin más. No le motiva ni le llena, y todavía menos en un contexto de terapia como el que rodea cada minuto de “808s & Heartbreak”.
Así pues, el planteamiento del autor es bastante franco y meridiano: esto es un álbum de pop en el que prefiere cantar que rapear y en el que apenas queda rastro del discurso de sus obras anteriores. Por suerte, el trasvase estilístico es menos traumático de lo que se podría esperar. Tres aspectos centraban la atención de todos y encendían las dudas de sus seguidores: el empleo sistemático del autotune, un procesador de audio para manipular el tono de voz; la construcción de los beats con la 808, una herramienta poco común en el hip hop contemporáneo, y, por consiguiente, la renuncia al sampler; y una propuesta lírica enfocada hacia temas ‘pop’ como el desamor, la pérdida y la soledad. En los tres casos, cada uno con sus propias cotas de riesgo y aventura, el aprovechamiento y tratamiento de West se escapa de toda expectativa y consigue un efecto mucho más imponente de lo que se podía pensar.
En primer lugar, Kanye consigue que el autotune, no confundir con el vocoder, por favor, que no es lo mismo, abandone su carácter festivo, petardo e incluso ridículo para convertirse en un elemento deshumanizador, bien integrado, distante e incluso inquietante en buena parte del recorrido. Si T-Pain, Lil Wayne y, en general, el grueso de los artistas y DJs de crunk lo han venido utilizando todo este tiempo como un recurso para incentivar el tono lúdico de sus canciones, porque a fin de cuentas éstas nacen y mueren con el único objetivo de estallar en el club, aquí West no sólo consigue que el autotune pierda todo esa intención, sino que además acaba justificando su uso en un contexto emocional radicalmente distinto: ¿una voz tratada con autotune entre arreglos de cuerda, sintetizadores emo, beats electrónicos minimalistas, melodías tristes y un ex rapper hablando sobre una relación amorosa truncada? Visto así, una locura sin pies ni cabeza. En la práctica, sobre todo en esos cinco primeros temas de arranque que dan vida a un inicio monumental, un milagro sin explicación racional.
Decía 50 Cent hace poco que para escuchar a Kanye West con autotune prefería comprarse un disco de T-Pain, pero nadie le advirtió que “808s & Heartbreak” es la antítesis de ese rap-pop excrementicio, que aquí hay intención, recursos, gravedad, emoción y perdurabilidad pop. La diferencia se explica de una manera muy gráfica: el autor de “Jesus walks” es el único artista que ha conseguido, y conseguirá, que muchos podamos vibrar con un disco ejecutado en su totalidad con autotune.
La producción, otro gran foco de discusión, resulta menos chocante. No es un cambio tan drástico, y de hecho algunas canciones mantienen la línea inaugurada en “Graduation”, ese giro hacia ritmos más electrónicos y una sonoridad limítrofe con el electro-pop. “Paranoid” podría ser una versión más bailable y, por qué no decirlo, gay de “Flashing lights”, mientras “RoboCop” se confirma como el single más claro que ha publicado nunca, aunque ambos momentos, seguramente los más polémicos del lote, rompen con la línea intimista, negativa y deprimida del resto. Suenan a vía de escape del ahora cantante, pero en el contexto del álbum parecen desubicadas. El sampler pierde casi todo su peso específico y sólo hace acto de presencia en “Coldest winter”, una débil y evidente relectura del “Memories fade” de Tears For Fears, el peor tema del tracklist. Los beats dejan paso a los tambores y la percusión, contra todo pronóstico uno de los grandes hallazgos de esta reinvención, y le dan un aire épico y solemne a las canciones. “Heartbreak”, “Love lockdown” y “Amazing”, tres aportaciones estelares a su currículo, concentran todos los aciertos de este cambio de rumbo y justifican, por ellas mismas, toda la operación de reconversión estética y expresiva del disco.
Por último, las letras. “808s & Heartbreak” no inventa nada en su concepto de álbum de ruptura y hundimiento emocional. El mundo del folk, del rock o el pop nos tiene permanentemente acostumbrados a ello, pero no así el hip hop. Son pocos los artistas de la esfera más comercial y popular del género que se han mostrado tan vulnerables en sus grabaciones, más allá del tono confesional y autobiográfico que han empleado siempre, por ejemplo, Nas. Eminem o Jay-Z. West lleva esa idea a un estrato mucho más íntimo y expuesto, y como hemos visto lo hace hasta sus últimas consecuencias, que son otras que traspapelar todo el andamiaje sonoro de golpe y cambiar de género sin ningún miedo al fracaso o al qué dirán. Aquí Kanye West habla de su madre, de la muerte, de su ex pareja y de las relaciones sentimentales, sí, pero en realidad el gran tema central del disco es la confusión y desesperación de alguien que lo ha conseguido absolutamente todo, tanto en el plano material como profesional, y al que de repente le cambia la suerte y todo se oscurece. Cuando al final del disco se pregunta “Do you think I sacrified real life for all the fame and flashing lights?” comprendemos que “808s & Heartbreak” no es tanto un lamento como un reproche a sí mismo y que ya no hay vuelta atrás. El Rey ha tocado fondo, pero sigue en lo más alto.
David Broc
Cortesía de GO MAGAZINE