La película de Claudia Llosa catapultó nuestras expectativas cuando ganó el Oso de Oro de la Berlinale. Su primera película, Made in USA, ya nos presentaba a una directora con más aciertos que traspiés a la hora de contar su historia (lo que es un pequeño gran mérito en el panorama del mediocre cine peruano). Es cierto que se trata de una película un tanto superficial, que no se enrollaba en manifiestos políticos, frescos sociológicos o exploraciones de psicología andina; en cambio, su colorido de postal, su ligereza argumental y su humor desnatado -con un toque de negrura- fueron justamente su fuerte, ese golpe refrescante que la cinematografía de ese país necesitaba. Nada más que una película entretenida y bien hecha.
Ahora, con La teta asustada, Llosa cambia 180 grados su registro y logra un filme mucho más maduro y personal. No puedo dejar de pensar que, en su debut, seguía teniendo la visión andina turística y vacacional propia de una chica limeña de clase acomodada. Ahora la directora sigue el recorrido de su primera protagonista, que escapó de los andes hacia la capital, y lleva su cámara a su propia ciudad: Lima la tanto tiempo horrible. El adjetivo con que la describió a comienzos del siglo veinte Sebastián Salazar Bondy ha quedado soldado a cada mención de la capital y no ha perdido vigencia. Su fealdad resiste a los tiempos reinventándose en nuevos paisajes de endémica precariedad.
Esto es más acusado en el extrarradio, y es allí donde Llosa lleva su historia, internándonos en el desértico paraje de ladrillo y arena donde viven sus personajes. Casas que son ruinas por quedarse a medio construir; gente cuya pobreza y costumbres -que trajeron al inmigrar de la sierra a la costa- parecen igualmente mal transplantadas y a medio camino de adaptarse a su árido habitat. Llosa no pudo haber elegido mejor inspiración para filmar esto que las atmósferas desoladas de un Bela Tarr o un Kiarostami. Como en ellos, sus planos han sabido captar la belleza desnuda de lo yermo y cómo ésta rodea, invadiendo, la vida de sus desafortunados habitantes. Había que filmar a la nueva Lima de esa manera. Era obvio que, más allá de las distancias geográficas, la visión de algunos directores, sean eslavos, asiáticos o de medio oriente, calzaba perfectamente con el ambiente de los nuevos barrios limeños. Podíamos adivinar en sus planos una sintonía espiritual. Pero hasta ahora nadie en el Perú se había decidido a hacerlo.
Parajes de agobio sin salida. Como contraste, pero en la misma línea: la mansión donde una resabio de la aristocracia limeña vive cercada por la nueva Lima: informal, ruidosa, sucia como un mercado del tercer mundo. Interiores oscuros, habitaciones vacías, lujo señorial apolillado. Aquí Llosa parece haber tomado como modelo, de nuevo con buen tino, los decorados enmohecidos y el tufillo a naftalina que la argentina Lucrecia Martel impregna a sus películas.
Más allá de la buena ambientación, lo mejor del filme es sin duda el personaje de Magaly Solier. La elección de actores no profesionales es ya práctica común en el cine independiente, pero la evolución de Solier es sorprendente. Ya quisieran muchos actores titulados alcanzar la presencia y manejo de los silencios y la expresividad minimalista de la protagonista de este filme. Para seguir con las referencias, imagino una buena dosis de Tsai Ming-Liang como inspiración.
En resumen, el valor de la naciente obra de Claudia Llosa quizás no esté en la originalidad o profundidad de sus planteamientos, sino en su labor de reactualización del imaginario cinematográfico peruano, anquilosado por una tradición tan precaria como sus zonas más deprimidas, que seguía viendo en el canon clásico la única fórmula a seguir (con resultados más bien trágicos). Ahora el cine peruano se puede ver en un espejo más contemporáneo y el mundo puede descubrir un universo inédito pero con sensibilidades comunes.
Miguel Rivero
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