¿Qué hay de malo en escribir una ópera rock? Bueno, pues, de entrada, así en frío… todo. Nada resulta más desagradable al oído ni más angustioso para el fan que ver como su grupo favorito se despeña por la ladera de lo épico sin pistón que le pare el golpe. Si piensan en musicales, respondan, ¿qué les viene a la mente? Nada bueno, seguro. Así que cuando te llaman y te dicen que el nuevo disco de The Decemberists es un disco conceptual saltan todas las alarmas. Cuando te confirman que se trata de un amago de musical, tu pulso se dispara. Cuando finalmente llegas a casa y escuchas “The hazards of love 1 (The prettiest whistles won´t wrestle the thistles undone)” tu frágil fe en lo contemporáneo se desmorona.
Lo peor del caso es que, pensándolo un poco, a nadie puede extrañarle que a Colin Meloy se le ocurriera que la evolución natural de “The crane wife” (Capitol, 06) tenía que ser el equivalente discográfico a un espectáculo de luz, música y color al estilo Broadway. Con el corazón en la mano, nadie puede negar lo desmesurado y barroco de sus canciones, intelectualmente pretenciosas, literarias, espesas. Los autores de “Her Majesty The Decemberists” (Kill Rock Stars, 03) y “Picaresque” (Kill Rock Stars-Rough Trade, 05) ya jugaban con la imitación, la actuación y el teatro (francamente, no se puede negar que disfrazarse de bucanero y tocar el acordeón como un pirata sacado del libro “La isla del tesoro” tiene más de faranduleo que de indie neoyorquino.) Y sin embargo, por mucho que nos avisaran, aquí estamos: pasmados, con la boca abierta, flipando.
“The hazards of love” (Capitol-Rough Trade / ¡Pop Stock!, 09) es un disco un poco extremo. ¿Grandioso? Pues, sí. ¿Malo? Pues, no. Cuando se vencen los tabúes y se aceptan con resignación las limitaciones estéticas de los discos temáticos, la experiencia se vuelve menos traumática y a ratos, hasta disfrutable como ocurre en “The Rake’s song”, una reinterpretación humorística de Victor Català en plan yankee, o en “Isn’t it a lovely night?”, cuya steel guitar entumece los sentidos a golpe de dramatismo a lo Sarah Bernhardt como lo hacía “The chimbley sweep” en el año 2003.
Aquí cada cual con su conciencia estética, pero parece que las cosas no han cambiado tanto y que el susto del golpe inicial no justifica las críticas atrozes y los varapalos que está recibiendo este disco. La voz de Meloy sigue siendo tan extrema y artificiosamente esquizofrénica como siempre. Sus textos son igual de impecables y literarios que siempre. Si The Decemberists te gustaban antes, seguirán gustándote ahora… con un poco de esfuerzo por tu parte (porque muchos guitarrazos torpes te exigirán mucha paciencia). Bueno, puede que los de Portland hayan dado un traspié. Pero si todos los errores son tan descomunales como este quizás valga la pena cometerlos. Aunque sólo sea para despistar y tener entretenido al personal un rato.
Banessa Pellisa
Cortesía de GO MAGAZINE