Estrenada dos años tarde en Catalunya,
Gus Van Sant nos ofrece en
Paranoid Park una historia sobre la culpa, sobre el remordimiento. Una vez más pone en la mira a los adolescentes norteamericanos y la problemática de la abundancia, esta vez adaptando una novela de Blake Nelson. Van Sant parece consagrarse con esta obra como un gran director de jóvenes adolescentes, pues logra registros en Gabe Navins (Alex) que probablemente ninguna de las vivencias que pudiera tener ningún joven a esa edad, en condiciones de vida normales, podría justificar.
Van Sant rompe está trama contra el suelo, va dosificando la información de tal manera que poco a poco va alejando al espectador de juicios morales acerca de la situación que se vive en pantalla, ya que el tema de la película requiere acercarnos a un milímetro de las sensaciones del protagonista, Van Sant evita que caigamos en confusión, que lleguemos a pensar que se trata de una película policiaca por ejemplo, todo a través de depurar las imágenes, de pausar el ritmo, de mostrarnos las diferentes presiones a las que Alex está expuesto.
La fotografía a cargo de Christopher Doyle tiene en general una estética de bajo presupuesto, el foco es blando en ciertos planos, en otros la exposición no es correcta. Sin embargo la mezcla de sonido funciona al conectarnos con el momento que vive el protagonista, que parece estar sumergido dentro de una pileta llena de agua que lo aísla, aún cuando en apariencia esté rodeado de amigos, una obra que nos hace recordar lo solos que podemos estar en la adolescencia cuando se trata de nuestros secretos, que aún no siendo tan terribles, resultan inconfesables.
Gerardo del Castillo
Cortesía de Film Conductor
