Si bien
Antony Hegarty no puede considerarse exactamente un recién llegado a la escena musical, resulta evidente que los problemas a los que debe enfrentarse en
The crying light son más propios del trabajo de un novato que los de un artista consolidado. El tercer álbum del artista inglés intenta equilibrar lo desmedido de una idea sin trazar con una gran carga melódica; un pavoneo propio de adolescentes sin empleo fijo y no de un artista que, como en su caso, tiene el viento a favor. Como si de un verdadero primer intento se tratara, Antony comete el error de los principiantes (el más grave de todos) agobiarse intentando parecer ágil, seguro y talentoso. Estresarse, vamos.
Pero no nos pongamos duros de buenas a primeras. Es fácil adivinar por que el músico se siente abrumado y dispuesto a repetir y explorar la fórmula que le hizo famoso una y otra vez con tal de salvar la papeleta. Tras el escandaloso éxito de su segundo disco
I am a bird now (Secretly Canadian, 05) Antony se situó en el punto de mira de toda alma sensible y hambrienta del globo. Con la crítica observando y el público ávido de las secuelas de "My lady story" cualquiera se sentiría angustiado. Y más cuando la bandera que ondeas es la de la inseguridad y tu discurso se construye sobre los frágiles cimientos de tu falta de auto-estima. Bajo esta perspectiva,
The crying light es lo más parecido a un suicidio público que pueda imaginarse. De ahí que el resultado esté a merced de la opinión ajena. O nos compadecemos de Antony y culpamos al mundo de todo lo malo que le pasa o le relegamos al cajón de los cobardes. Por poner un ejemplo, a juicio de cada cual quedará interpretar "One dove" como una pieza asfixiante o liberadora, una tomadura de pelo o una voz sólida. Ahí están los mejores temas del disco, "Kiss my name" o "Epilepsy is dancing" alejados de la rugosidad y la aspereza de los mejores cortes de sus anteriores trabajos con una falsa intensidad que a unos resultará arrolladoramente honesta y, a otros, tocada de muerte.
No me malinterpreten. No es indecisión lo que me mueve a ser tan poco asertiva con respecto a este disco. Es pura comprensión y curiosidad lo que me lleva a dudar de la validez de "Another world" al tiempo que me intrigan todos los caminos que se perciben en "Aeon". Con la compasión en la retina, sólo puedo achacarle a Antony que la experiencia no le haya enseñado que al artista, cuanto más se explica menos se le comprende. Lo más difícil de digerir en este disco es que se nos expulse como espectadores, que el autor haya ocupado el espacio del oyente sobre-interpretando y auto-completando sus temas hasta agotarlos. El resto es una cuestión íntima y privada que deberán resolver por su cuenta. No puedo evitar dejarme llevar por el optimismo y augurar un aplauso colectivo y ensordecedor, pero quién sabe. El balón está en su campo.
Banessa Pellisa
Cortesía de GO MAGAZINE